La mañana era fría, como las típicas mañanas de finales del otoño. Era necesario poner en marcha los proyectos que la empresa tenía planificados para el día. Contratos, convenios, apuestas a negocios que harían crecer el imperio del Señor Montesdeoca. Negocios con los más grandes empresarios Parisinos y reuniones con los más influyentes políticos.
Todos en la Empresa, deberíamos estar con toda la disposición de trabajar fuerte sabiendo que el día sería largo y que necesitábamos lograr las metas que se nos habían planteado. Don Carlos, el más amable y exigente de los empresarios nos había comunicado el día anterior todo lo que debíamos hacer para ese día. Por la mañana, tener lista la documentación legal para que fuese enviada a Paris, donde la estudiarían los abogados representantes del Centro de Convenciones.
Por la tarde, Don Carlos debía reunirse con un político influyente quien le asesoraría para su eventual lanzamiento a la política interna del país. Pocos días habían sido tan extremadamente comprometidos como aquel, pero todos sabíamos y confiábamos en salir adelante.
Don Carlos debía ser el más interesado en que las cosas salieran bien pero no se encontraba en uno de sus mejores días; Se le veía cansado, cabizbajo, sumido en sus pensamientos. Ha de ser la preocupación y el exceso de compromisos lo que lo tenía en ese estado. ¡Era extraño verlo así!, aislado, no bromeaba con sus compañeros, el trato que tenía conmigo era diferente al de todos los días, porque me trataba como su secretaria, simplemente como su secretaria y no como su mano derecha, en la que me había convertido hacía muchos años. Pocas veces en mis cuatro años de trabajo había sentido esa sensación de ser únicamente su secretaria.
Desde que comencé a trabajar para las empresas Montesdeoca, logré un puesto de confianza, de máxima responsabilidad, de lealtad y compromiso, de silencio, respeto y dedicación. Mi lucha ha sido, desde entonces, no traicionar la confianza que se me había otorgado. Trabajar duro y de la mano del máximo de la Empresa, buscar mi superación profesional y sentirme útil en mi trabajo.
La necesidad de surgir en un país ajeno a su propia tierra, era lo que privaba en el pensamiento de Don Carlos cuando vino a hacer negocio a Estados Unidos, ya era un famoso empresario en su propia tierra y lo que debía lograr era surgir en un país donde cuesta emprender camino, donde muchos vienen a buscar “El Sueño Americano” y no lo encuentran, donde la mayoría, vive como adinerado pero lo que tienen no les pertenece, donde algunos trabajan más de lo que viven porque no alcanza vivir con lo que se les retribuye por su trabajo y deben llevar dos empleos y disfrutar la mitad de sus familias y de sus hijos, donde el cansancio se acumula y se disfruta menos de la vida. Era difícil, pero para una persona entregada a los negocios desde muy chico parecía ser posible.